miércoles, 27 de mayo de 2009

BESTIA

“El hombre debe tratar a los animales de la tierra como hermanos,
pues cualquier cosa que les sucede a los animales…
Pronto le sucede al hombre”

Jefe Sealth, indio nativo norteamericano, 1854




-Hijo, ya es hora.

…Y yo pude sentir como las llantas del auto pasaban por encima de él.

Le rogué que se detuviera.- Papito- le dije –cuidado con el perrito.
-¡Cállate cabrón, es sólo un pinche perro!- me dijo.
-No papi, mataste al perrito, ¿Por qué lo mataste? ¿Por qué lo mataste? ¡Lo mataste! Y comencé a llorar.
El pinche viejo estacionó el coche y zarandeándome: Deja de llorar pinche maricón de cagada. Es sólo un pinche perro.
Y cacheteándome: Los pinches animales no sienten, ¡pendejo!
Sólo es un pinche perro, me dijo…

Pero eso fue cuando yo era muy chamaco…

Una tarde cuando fui al parque con el Chuy y el Pepe, -esos eran buenos valedores. Yo era el de en medio y el Pepe era el más chico de los tres. El Chuy fue el que nos enseñó a hacer esas resorteras con tan solo una taparrosca de refresco de dos litros y un globo- cómo nos divertíamos tirándoles de pedradas a los pájaros con esas madres.
Ese día nos topó un hijo de puta mamarracho con colita de caballo, recogida con una liguita de vieja, pero eso si, mostachudo hasta la madre el muy puto. No se veía tan grande, habrá tenido unos doce años más que yo; era como de unos veintisiete. El Pepe había encontrado un nidito pocamadre con hartos pajaritos y apenas el Chuy me señaló en dónde y que le tiro la primera piedra. Nomás vi venir al muy culero maricón mostachudo ese, abalanzadoce hacía mí a mentadas de madre:
-¿Qué estás pendejo o qué? Me dijo.
Me saqué de pedo. No supe ni que hacer. Ese cabrón estaba re-endiablado.
-¿Qué tienes en esa pinche cabezota por cerebro, eh? No piensas o estás pendejo.
Ni el Chuy ni el Pepe dijeron nada. Par de putos.
-¿No ves que los animales también sienten?
-Ya, está bien.- Le dije yo cagado de miedo. ¡Que se vaya a la puta mierda ese ogete!
-¡Está bien tu puta madre pendejo! Vuelvo a verte haciendo esas mamadas y te quiebro los huevos en pedacitos, ¿me entendiste?
Ya lo había visto antes paseando a su pinche perro, pero no volví a verlo otra vez. Antes de que yo pudiera decir que sí, una ruca que salió de sepa el diablo de dónde, le dijo al maricón ese que dejara de hablarme así.
Luego se hicieron de palabras.
El puto ese dijo que por eso el mundo estaba deshumanizado. Que por eso tanta violencia, tantos secuestros, tantas violaciones, tantos asesinatos.

Que por eso el mundo estaba como estaba. Que por eso había tanta chingadera hoy en día. Y yo pensaba: Pinche mamarracho, ¿tanto pedo por un pinche pájaro?

El muy puto se largó como vino: mentando madres.
La ruca esa nos tranquilizó. El Chuy estaba blanco y el Pepe…
Jajaja… el muy pendejo del Pepe hasta se meó.
Nos dijo que el güey ese estaba loco, que no le hiciéramos caso. Nos dijo: Está mal lo que hacen, pero todavía están chicos. Cuando crezcan lo van a entender y van a dejar de hacerlo. Sigan divirtiéndose niños. Al fin y al cabo, sólo son animalitos. Pero no maten muchos, eh.

La pinche ruca tenía razón. Al cabo de un tiempo nos aburrieron los pinches pajaritos y los dejamos de chingar.
Después a los gatos.
Luego fuimos por los perros.

Cuando quemamos a ese pinche Negro… ¡me asusté de a madres!
Era un perrazo enorme, negro, de raza. Uno de esos pinches machos bravos, hechos y derechos. No como el puto perrito que paseaba el mamarracho bigotudo ese que me cagó. No, este si era un perro.
Andaba muy tranquilo paseando por el parque cuando lo vimos.
El Chuy empezó a tirarle piedras como solíamos hacerlo y nosotros lo seguimos muy entretenidos. Yo pensaba en lo que iría a pensar Doña Flor cuando no viera a su perro regresar de su caminata por el parque: y le tiraba más piedras. Y la cara de Doña Flor al ver que su perro no había regresado en toda la noche: y le tiraba más piedras.
El pinche Negro empezó a correr pero el Chuy le soltó una piedrota en la cabeza que el Negro quedó tendido en el suelo. Y casi me cago de risa al imaginar la carota de Doña Flor si viera al negro tirado así y chorreando de sangre.
El Chuy sacó como era costumbre un mecate para amarrar al pinche perro. Yo pensé que sólo le íbamos a romper las patas una por una como era costumbre pero después de hacerlo y de burlarnos del puto animal hasta el cansancio el Chuy sacó una botella de su pantalón y me la aventó y me dijo: ¡Échaselo! Yo no vi que era. Ya estaba oscuro, era de noche. Sabía que mi jefa me iba a cagar por andar vagueando sin haber hecho la tarea, pero bien valía la pena. Me le quedé mirando a los ojos y el Chuy me dijo: Es sólo un pinche perro. Y yo le vacié la botella entera de alcohol que me dio. Él sacó una caja de cerillos de su otra bolsa, sacó uno y lo encendió y lo dejó caer sobre el Negro.
El pinche animal se desapendejó y comenzó a aullar y el muy ogete, retorciéndose como gusano, nos lanzo unas cuantas mordidas. Nosotros nos cagamos de risa al verlo tratar de correr del fuego que traía en todo el cuerpo.
Se retorcía y se arrastraba.
El muy pendejo aúlle y aúlle y nosotros risa que risa.
Entonces me lanzó una mordida y me alcanzó a agarrar el pantalón. Yo me asusté y grité no se que madres.
El Chuy le reventó la cabezota nomás con la misma piedra con la que lo había tumbado.
Otra vez nos cagamos de risa, y yo más, nomás de imaginar la carota de Doña Flor al ver al día siguiente a su Negro, todo chamuscado en el parque.




Después nos aburrieron los perros.
Luego violé a Lupita en su casa mientras su mamá había ido a comprar la despensa. Vivíamos en la misma calle y yo iba a diario a su casa dizque a hacer la tarea.
Esa tarde, mientas ella me explicaba no se que mamada de química yo no podía dejar de verle las tetas. Así que fui a su cocina y con una cacerola le di de lleno en la cabeza para tratar de desmayarla como veía que el Chuy lo hacía con todos los animales que matábamos.
Pero yo no lo logré.
La muy perra de Lupita, comenzó a llorar a grito pelado. Yo le desgarré la ropa como pude y empecé a chuparla por todos lados. Ella ruegue y ruegue y yo pegue que pegue. Ella llore y llore y yo cagado de risa de acordarme del pinche Negro en llamas.
Yo coge que coge y los putos policías que entran a madrearme.

A los ocho años me dejaron salir.
Sólo pasé unos meses en la correccional. Al cumplir la puta mayoría de edad luego-luego me mandaron derechito al tanque los muy culeros.
Y ese cuento de que a uno se le quita lo malhora estando allá adentro ¡son puras mamadas! y que chingue su madre el que diga lo contrario.
Ahí conocí al Pantera Roldán. Era todo un hijo de puta, hecho y derecho.
Del Chuy y el Pepe… jamás volví a saber de esos valedores.

El Pantera Roldán salió meses antes que yo. Y fue ese valedor quien me acogió cuando quedé libre.
Entonces nos dedicamos a asaltar.
Primero a transeúntes. Pero eso no dejaba luz.
Un día, atracamos a un pobre cabrón que acababa de cobrar su quincena. Lo seguimos desde que salió del banco, y en un descuido, ¡zaz! lo agarramos y lo encajuelamos al güey. Ya en un parque le quitamos hasta el último peso, pero el muy pendejo traía todas sus tarjetas de crédito en la cartera. Entonces el Pantera Roldán le dijo: Vamos a ir a retirar hasta el último centavo de cada una de ellas, ¿entendido?
El muy puto dijo que por favor lo dejáramos, que ya le habíamos quitado todo.
Entonces el Pantera Roldán le reventó su puto hocico de un cachazo y le dijo: Me vas a dar tus putas tarjetas de crédito y también me vas a dar las claves secretas de cada una de ellas y hasta entonces te puedes ir.
Como respuesta el muy pendejo, el muy hijo de puta tan pendejo le escupió en la cara al Pantera Roldán y le dijo: ¡Vete a chingar a tu puta madre!
Entonces lo arrastró de los pelos hasta un rincón y sacó su arma. Se limpió el escupitajo de la cara y me dijo: Mátalo.
Yo lo miré a los ojos y él me dijo: Mátalo. Sólo es un pinche perro. Y encendió un cigarro.
El muy puto maricón, con el hocico floreado, se arrastró y rogó por él y por sus hijos. Imploró en nombre de Dios y de la Virgen y de mi madre.
Y yo, en mi cabeza:
Sólo es un pinche perro. Y tiro que tiro.
El Pantera Roldán: Sólo es un pinche perro. Y tiro que tiro.
El Chuy: Sólo es un pinche perro. Y tiro que tiro.
Mi viejo: Sólo es un pinche perro. Y tiro que tiro.
La ruca de mi infancia en aquel parque: Son sólo animalitos. Y tiro.
Tiro tras tiro, le metí nueve balas en la cabeza al pobre bastardo hijo de puta.

Ahora me pregunto padre, si no habría sido mejor matar así al último niño que secuestramos. Esa fue nuestra última chamba. La última que hicimos juntos el Pantera Roldán y yo. La última antes de que lo agarraran y se lo chingaran. Con esa nueva putita ley de pena de muerte que aprobó el congreso el sexenio pasado se lo jodieron. ¡Bola de putos! ¡Que se vayan a la mierda todos!

En fin, los viejos del niño nos dieron la luz por su rescate. Todo había salido a pedir de boca como de costumbre. Pero yo no se que tienen estos pinches chamacos de hoy en día que el muy pendejo se quitó la venda de los ojos tan bien apretada que le puse y el chamaco nos vio a todos y cada uno de nosotros.
El Pantera Roldán, que en paz descanse, estaba encabronado. Me dijo que cómo había sido yo tan pendejo para dejar que el pinche escuincle se quitara esa mamada de los ojos cuándo se suponía que estaba bajo mi vigilancia.
Me dijo: Ahora encárgate tú de él.
Y así lo hice.
Lo golpeé en la cabeza con una cacerola como lo hice con la perra de Lupita. El pinche escuincle cayó desmayado de inmediato. Hasta le saqué sangre de lo fuerte que le di y me acordé del pinche Negro de Doña Flor. ¡La cara que ha de haber puesto la cabrona!
Até bien al niño de pies y de manos. Luego le quité los calcetines.
El pinche chamaquito se medio desapendejó, como el Negro cuando le eché encima toda la botella de alcohol.
El desgraciado perro medio vomitándose, medio ahogándose. Y yo: Atásquele que atásquele los calcetines en la boca.
El niño llore que llore. Y yo: Véndele que véndele el hocico con cinta adhesiva al pinche perro.
El puto perro implorando misericordia con sus ojitos hinchados. Y yo: Empújele que empújele los calcetines hasta el fondo.
El pobre bastardo con los ojos en blanco. Y yo: Poniéndole una bolsa para basura en la cabeza al pinche perro…

Y el pinche perro, dejándose de mover poco a poco. Poco a poco. Poco a poco…


-Hijo, ya es hora.
Los guardias te están esperando.

-Sí, padre.

-Antes de abandonar ésta celda y entregar el espíritu, ¿no te gustaría confesarte y que te absolviera de tus culpas? No quieres arrepentirte, reivindicarte de todos los crímenes y asesinatos que cometiste en esta vida antes de…

-Pero, ¿de que chingados está hablando padre?
Yo no le hice daño a nadie. Yo no asesiné a nadie.

Sólo era un pinche perro…


Laynet Miguel Palafox Gelover

2 comentarios:

  1. Hola, Palafox Gelover:

    Es "pinchamente" duro, durísimo, este relato que has escrito.

    Soy amante de los animales y sólo imaginar ese atropello, con ese odio... ¡glub!

    Sin embargo, ha merecido la pena, muchísimo, leerte. ¿sabes por qué? porque el relato es una llamada a la conciencia,
    ¡y mecachis, guey, qué me aspen!, pues que a veces hay que hacerlo de forma pinche ;=).
    O como dice mi amiga Marien: "como un badajo golpeando la conciencia" (me encanta esta imagen...)

    “El hombre debe tratar a los animales de la tierra como hermanos,
    pues cualquier cosa que les sucede a los animales…
    Pronto le sucede al hombre”

    Jefe Sealth, indio nativo norteamericano, 1854

    Esta es, verdaderamente, la columna vertebral de tu historia, Palafox.

    Un abrazo y te invito a mi rinconcito bloggero salado y marino...

    ;=)

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  2. Por cierto, me he tomado la libertad de copiar esta frase del Jefe Sealth, para llevarla a mi blog y publicarla en las entradas de la izquierda, en concreo, la entrada del final, que es un poema de un amigo "dedicado" a los cazadores (con toda la sorna del mundo...) y una reflexión mía sobre el tema.
    Si tienes algún inconveniente, me dejas un comentario y la retiraré enseguida, ¿ok?

    Gracias, Palafox.

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